Peripecias de un modesto.

El fútbol de segundo rango lleva tiempo deslizándose por el filo de la navaja, sin que nadie parezca alarmarse ante tanto riesgo. Basta observar el graderío en muchos campos de 2ª División, para colegir cuán grave es la enfermedad. Asientos y más asientos vacíos. Entusiastas vocingleros, a veces en medio de la nada. Futbolistas a los que puede escucharse pidiendo más tensión, vigilar la marca en cada jugada estratégica, o quejarse a gritos tras el coscorrón en una disputa de cabeza. El mismo pitido arbitral llega a veces diáfano, como toque de pregonero en cualquier plaza mientras los vecinos sestean. Y esto en la división de plata. Descendiendo uno o dos peldaños, con el dinero de las recaudaciones ni siquiera podría pagarse al equipo arbitral. Suerte que las camisetas cuentan con patrocinador, que entre rifas y loterías se va apañando el déficit, o que aún con crisis y todo, las colectas puerta a puerta por comercios, talleres y empresas, siguen arrojando algún resultado. Aún no se le ha ocurrido a nadie colocar cepillos en las iglesias, pero a este paso nada se antoja desdeñable.

Si cualquiera de esos espectadores en familia visitase las oficinas del club, probablemente se recreara con fotos antiguas, en blanco y negro o tonos sepia. Las clásicas formaciones pre partido, seis de pie y cinco en cuclillas, aunque sin pancarta de patrocinio por delante y con público a rebosar como envidiable fondo. “Antes, la chavalería hasta se encaramaba a las tapias”, nos dirá algún directivo nostálgico. “Como la primera fila de general se vendía más cara, pues los bajitos no veían casi nada. Sólo con las almohadillas y la cantina, se pagaba a los porteros. Luego la televisión lo cambió todo”.

También hasta no hace mucho, los habitantes de Logroño, por ejemplo, eran del C. D. Logroñés. Los de Estella, del Izarra o de Osasuna. Los alicantinos, del Hércules. Y así cabría seguir desde Gerona hasta el Puerto de Santa María, o desde Cáceres hasta Torrelavega. Se podía ser del Athletic, claro, del Real Madrid, el Barça o el Valencia, pero también, y a menudo en primer lugar, del club del pueblo o la provincia. Los niños, cuando todo el marchandaising empezaba y concluía con una sencilla camiseta, pedían a sus Majestades de Oriente la del Celta si vivían en Vigo, la del Oviedo, Real Sociedad, Betis o Salamanca, según fuesen de la capital asturiana, San Sebastián, Sevilla, o la antigua Helmántica. Hoy, en cambio, pueden verse muchachos y hasta señores de pelo en pecho luciendo las del Real Madrid, Barcelona, Manchester United o Chelsea, por Socuéllamos, Badajoz, Vitoria, Elche, Sebastopol o Nueva Gales del Sur. Se juega sólo para la televisión. Y ahí los equipos menores pierden por goleada.

De tal modo evolucionan los acontecimientos, que el fútbol pobre y empobrecido, a fuerza de no hallar sitio en los medios hasta se antoja sin méritos para la atención histórica. Justo el fútbol con más entresijos, recovecos y renglones torcidos. Probablemente no el más pródigo en anécdotas, aunque sí aquel donde estas suenan con más verdad, no aspirando a otra recompensa que la propia satisfacción. Jesús Sánchez Borrero y José Doblado son dos de esas voces. El primero rastreador del balompié onubense, desde el litoral hasta las minas de Riotinto, la serranía, Zalamea, Bonares y cuantos terrenos de juego fueron improvisándose tras cribarlos de pirita. El segundo toda una referencia del Deportivo Valverdeño, Atlético Valverdeño, Valverde C. F. y Olímpica Valverdeña, representativos de Valverde del Camino. Consintamos nos lleven de la mano como Peter Pan hizo con Wendy y compañía. También, en este caso, será un viaje al mundo de Nunca Jamás.

José Doblado Vizcaíno, “El Barri”, comenzó a jugar en el Rollo C.F., por más que los carteles de imprenta, reñidos con la doble “l”, a menudo lo rebautizaran con  una “y” en negrita. “Viajábamos hasta Aracena y otros pueblos de la comarca en un camión entoldado, apretaditos, viendo el paisaje sólo a través del arco trasero. Pero entre tanta vuelta y revuelta por esa carretera estrechísima, el panorama se movía como si estuviésemos en alta mar. Todos, excepto dos, acabamos vomitando. Habíamos salido a las 10 de la mañana y no llegamos hasta las 3, justo a tiempo de vestirnos y saltar al campo”.

Lo de la vestimenta era otra. En abril de 1940, La Ferro Valverdeña, uno de los modestos equipos de Valverde del Camino precursores de la Olímpica, debía dirimir un choque contra el Zalamea la Real, en esta última localidad. Corrían tiempos de extrema apretura, como acredita la nota remitida por Francisco Cejudo a Pablo García Zarza, directivo y probablemente hombre para todo del Zalamea:

Valverde del Camino a 4 de abril de 1940

Muy Sr. mío:

No sé por qué empezar. Lo único que tengo que decirle es que estamos dispuestos para jugar el partido que tanto anhelamos. Ya tenemos camión y todo; lo único que nos falta es pedir los calzones y las camisetas, que es seguro las obtendremos; y, si por casualidad faltaran, ya iríamos como pudiéramos. Si les es posible, pueden pintar las líneas y suponemos que ahí habrá árbitro.

Se despide de usted su s.s.q.e.s.m.

Francisco Cejudo

Dos años más tarde los valverdeños pudieron comprobar que tampoco en Moguer ataban perros con longanizas, pues este equipo compareció con atavío impropio para jugar al fútbol, y botas enterizas. El público se llevó su buena decepción. ¿Contra quienes competían?. La cosa se antojó tan poco seria, que hasta hubo su buena ración de burlas. Por eso, cuando al Moguer le tocó regresar, los carteles anunciaron pomposamente: “Vestirán camisetas de vistosos colores”. Y en efecto, los visitantes saltaron al campo con indumentaria rojigualda, a listas verticales. Esa vez no hubo escarnio, pero se llevaron 8 goles.

Durante los años 40, los clubes modestos solían designar entrenador al futbolista más veterano, entendiendo que con los años habrían podido aprender algo. Juanito Sanfernando fue uno de ellos, después de servir en Madrid desde el 42 al 45 en Sanidad Militar, circunstancia que aprovecharía para competir en el Club Deportivo Amparo, filial del Atlético Aviación. Durante la temporada 1943-44 Ricardo Zamora lo incluyó dos veces en el once “colchonero”, sufriendo rotura de ligamento en el segundo. “Era Cabo de Sala en el Hospital Militar de Madrid y pude informarme sobre las con secuencias, si me operaba. Como entonces la cirugía estaba en pañales para estas cosas, decidí no pasar por el quirófano. Me vendaba bien, me ponía una rodillera, y así jugué en la Olímpica, Bollullos, Trigueros y Nerva, de donde salí no muy bien por negarme a competir contra el Valverde. Entonces regresé a la Olímpica, dirigiendo al equipo del ascenso”.

El Atlético Aviación, la temporada 1943-44. Juanito, al que en su pueblo apodaron “Sanignacio”, jugó dos partidos durante esa campaña, aunque ninguno de Liga.

El Atlético Aviación, la temporada 1943-44. Juanito, al que en su pueblo apodaron “Sanignacio”, jugó dos partidos durante esa campaña, aunque ninguno de Liga.

Para ese menester se servía de métodos al uso cuando estuvo en el Atlético Aviación, y del recetario de José Castilla, sargento y preparador físico en el Ejército. “Hacíamos mucha gimnasia, muchas flexiones y remates de cabeza, saltando a por un balón colgado en una especie de percha, dispuesto a distintas alturas. También algo de juego en el centro del campo, empalmes al balón con ambos pies, lanzamientos a puerta en carrera, penaltis… Lo de las tácticas y jugadas de estrategia no llegó hasta mucho después”.

Era un fútbol primitivo, qué duda cabe, entre espectadores cuyo comportamiento, a veces, resultaba vandálico según el recuerdo de Juanito Sanfernando:

“En La Palma, donde hubo sus más y sus menos, apedrearon la caseta. Como era de tablones, los impactos multiplicaban el estrépito. Otra vez, en Trigueros, expulsaron a Herrera por agredir al árbitro y arrebatarle el silbato. Luego el trencilla también me expulsó a mí, por amenazarle. Había mucha rivalidad. En Nerva, un día debí ser el último en llegar a la caseta, porque todos los colgadores estaban ocupados. Así que puse mi ropa en un rincón. Cuando volvimos después de los primeros 45 minutos, habían volado los relojes y el dinero de las perchas, pero como mi vestimenta resultaba menos visible, ni la tocaron. También tuvimos problemas en Ayamonte. Necesitábamos gasolina para el viaje de retorno, pero se negaban a suministrárnosla porque hubo bronca y tortas. Algunos se pasaron de rosca entre protestas y copas, es cierto, pero de ahí a dejarnos sin vuelta a casa… Por fin nos dieron la gasolina, gracias a un valverdeño avecindado en Ayamonte. Pero todos pasamos la noche en el calabozo, llegando al pueblo por la mañana, con la consiguiente bronca para quienes debíamos presentarnos a trabajar”.

Salvador Doblado, más conocido por “Vara”, otro jugador valverdeño con paso por varios clubes de la provincia, corrobora sin ambages aquellas tardes de rivalidad mal entendida:

Julio de 1943. Fútbol el Valverde, recibiendo a los campeones militares de Andalucía. La entrada de preferencia entre el duro y las 4 ptas. General a 3, y señoras y niños, de pie y en General, una peseta. El fútbol modesto no resultaba más asequible que el cine.

Julio de 1943. Fútbol el Valverde, recibiendo a los campeones militares de Andalucía. La entrada de preferencia entre el duro y las 4 ptas. General a 3, y señoras y niños, de pie y en General, una peseta. El fútbol modesto no resultaba más asequible que el cine.

“Siendo entrenador del Calañas recibimos la visita del Lepe, equipo que lideraba la clasificación contando por victorias todos sus encuentros. Pero de Calañas, puede que porque el campo les resultara pequeño y asfixiante, salieron derrotados por 3-0. Mis voces se percibían sobre el griterío del público, y eso pareció molestarles, puesto que enviaron una carta advirtiéndome que ni asomara por su pueblo en el choque de vuelta. No hice caso, claro. ¿Por qué iba a quedarme sin ir?. Pero en cuanto llegué con el equipo supe que iba a liarse. Treinta o cuarenta personas me rodearon, diciendo que allí no podía estar, que a tomar la puerta de salida. ¿Y eso por qué, inquiría yo?. ¿Qué he hecho?. No hubo modo de hacerles entrar en razón. ¡Usted fue el responsable de la derrota en Calañas!, gritaban. Sí, hombre, me defendía; ¿acaso jugué?. Tuve que irme, so pena de acabar calentito. Entré en un bar y pedí un refresco. Lo llevaba a medias cuando vi venir a la Guardia Civil. Bueno…, pensé, lo que me faltaba; ¿serán capaces de meterme en la cárcel?. Pero no. Uno de los guardias me pidió que los siguiese al campo, porque mis jugadores se habían encerrado en la caseta jurando que de allí no salía nadie hasta tenerme a su lado, dirigiéndolos. Pues bien, con escolta y todo, notaba los ceños fruncidos del público, las miradas… Me senté en el banquillo sin abrir la boca a lo largo de todo el partido y nos ganaron, porque tenían un buen equipo, con gente de Sevilla. No hubo más problemas. La verdad era que cuando vencía el anfitrión, las cosas resultaban mucho más llevaderas”.

Volviendo con José Doblado, diremos que cuando se implicó de veras en la Olímpica Valverdeña fue al regresar de la mili. “Hacía de todo. Procuraba que las cosas estuviesen a punto, empezando por preparar el campo con otros cuantos, barrerlo, colocar las porterías… Si las dejábamos fuera, los chiquillos nos las tumbaban. Así que tocaba montar y desmontarlas”.

Alguien con tanta afición y amor a los colores, por fuerza debía ir recopilando experiencias, documentos curiosos, testimonios imprescindibles para cualquier futuro historiador del modesto balompié comarcal. Y estuvo dedicándose a la labor durante algún tiempo. “Tenía muchos papeles ordenados. Entre ellos un recibo con la firma de Helenio Herrera, como perceptor de 13.000 ptas. cuando vino con el Sevilla C. F. en la feria de 1953. Lo malo es que un día mi hijo hizo limpieza”.

Por suerte y a falta de documentos, siempre cabe ampararse en la memoria para tirar del hilo. El Valverde F. C. ya disputaba amistosos y distintas copas por los años 20 y principios del 30. Entre enero y febrero de 1933, junto al Riotinto, La Palma, Huelva F. C. y Onuba, participó en un Campeonato de Primera Categoría organizado por la Federación Oeste. La Sociedad Olímpica Valverdeña no aparecería hasta diciembre de 1945, enfrentándose al Huelva F.C., C. D. Mercedes de Bollullos y Camas F. C., en un campeonato de sólo 6 partidos. Bien pronto fueron ampliándose las competiciones. En octubre del 47 echaba a rodar el Campeonato Regional Andaluz de 1ª Categoría, concluido en marzo del 48 tras disputarse 20 choques a ida y vuelta entre C. D. Mercedes de Bollullos, Trigueros Balompié, Minera, Peñarroya, Nervense, Museo de Sevilla, Imperial de Cádiz, Español de Córdoba, la Palma y Arenas, amén de la Olímpica. Sólo un año después y en Regional Preferente tras la 2ª plaza conquistada al término del anterior ejercicio, ya eran 17 conjuntos los que la Olímpica hubo de encarar: C. D. Jerez, San Fernando, Puerto Real, Hércules gaditano, Portuense, Trigueros, Isla Cristina, Morón, Peñarroya, Coria, Dos Hermanas, Triana, Écija, Alcalá, Calavera, Antequerano y Ronda. Desplazamientos por cuatro provincias en categoría Regional. Un disparate de gastos, cuando tanto escaseaba el dinero. No parece raro que mediado el Campeonato 1949-50 la Olímpica se retirase, sumergida en el penúltimo puesto de la tabla y ante “la falta de dirección técnica, la pobreza del cuadro de jugadores y los catastróficos y parciales arbitrajes sufridos”. Argumentos que en realidad enmascaraban una asfixia económica fácilmente comprensible. José Doblado recordaba bien cuanto ocurrió a continuación:

“En Valverde había otros equipos menores, como El Peñeo, Los Paquirris, el Betis de Mantero, Atlético Valverdeño, La Ferro, C. D. Valverdeño, Hogar del Productor, C. D. Calvario…Así que a falta de la Olímpica, se disputó un campeonato local. Luego (1951) la Olímpica reapareció como Frente de Juventudes de Valverde. O por lo menos eran los jugadores de la Olímpica quienes allí formaban. Y más tarde (1954) volvió a asomar la Olímpica, ya como tal. Algunos de aquellos equipos se fueron apagando, porque recibían muchas goleadas. Natural, si se comían un guiso de frijones antes de cada partido”.

Doblado, de todos modos, disfrutaba más con la evocación de avatares y peripecias, donde por una razón u otra surgía casi siempre el problema arbitral:

“Cuéllar dejó de pitar porque, según decía, yo le amargaba los arbitrajes. Un tal Ceballos, que solía acercarse a menudo por Valverde, puesto que le gustaba nuestro aguardiente, era muy buen tipo. Cierto día, en “Casa la Candelaria”, el barbero tomó el micrófono y dijo por los altavoces: El señor colegiado ya va por el décimo puchero. Pues bien, a este hombre, que llegó a apoderado en el Banco Popular de Sevilla, le pegaron durante un partido no estando yo. Al día siguiente me presenté en Sevilla para ofrecerle todo tipo de excusas”.

Fútbol modesto y conflictos arbitrales. Desdichada dicotomía antaño.

Fútbol modesto y conflictos arbitrales. Desdichada dicotomía antaño.

Entonces y ahora, árbitros y directivos se conocían bastante bien. Pero allá por los 40 y 50 no faltaban trencillas que al ver sucederse las estaciones sin ascenso que llevarse al ego, concluían haciendo del arbitraje sólo un sobresueldo, en tiempos donde no sobraba nada.

“En La Zarza, a donde nos habíamos desplazado para un partido de competición, me encontré con Martín Feria, “referee” al que temíamos como al nublo. Nos negamos a jugar si él pitaba y tampoco lo aceptamos como juez de línea cuando propusieron intercambiase papeles con uno de los linieres. Incluso estábamos dispuestos a aceptar el arbitraje de algún directivo de La Zarza. Tobo, con tal de que ese hombre no nos pitase. Los de La Zarza se portaron admirablemente, aviniéndose a suspender el partido”.

Otras anécdotas se diría pertenecen al universo de Berlanga o Bardem, al de tantas y tantas comedias en el blanco y negro de los 50 y primerísimos 60.

“Jugábamos un partido en Villanueva del Río y Minas. Nuestra victoria representaba ascender a Regional Preferente. A ellos les bastaba empatar para garantizarse el ascenso. Arbitraba José Mª Cuéllar, de cuya hija yo era padrino. Y como me conocía hasta de lejos, me advirtió: hoy no te pases ni un pelo. Íbamos ganando 0-1 cuando en un ataque se llevaron por delante, hasta el fondo de la red, tanto al balón como a nuestro portero. Y no me pude aguantar. Antes de darme cuenta estaba en el campo, zarandeando al árbitro mientras le decía: ¡Por tu hija, demonios: hazlo por tu hija!. Cuéllar, sorprendido, aunque cumpliendo como debía porque la falta fue clamorosa, anuló el gol. Yo salí disparado, corrí, corrí hasta las afueras del pueblo, donde estuve acechando nuestro transporte para hacer que me recogiesen. Bastante tiempo después volví por Villanueva, donde vivía mi cuñada, y quise ver el campo de fútbol. Iba con su marido, y por detrás otros tres señores de paseo. Yo decía: Está igualito. El desmonte, la caseta, ese terraplén que da al tendido férreo… Y en esas, a mi espalda, oigo a uno de los paseantes asegurando: Sí señor. Ese ribazo da a las vías por donde usted salió corriendo hace años, mientras nosotros le tirábamos piedras”.

Formación de la Olímpica Valverdeña en los años 50.

Formación de la Olímpica Valverdeña en los años 50.

Los fichajes, a veces, también constituían motivo de tensión. Si entre entidades más poderosas surgían polémicas, fuere por duplicidades o utilización indebida de licencias amateur entre profesionales bien pagados, los ciscos donde de veras se respiraba amateurismo solían tener aroma a picaresca propia del Siglo de Oro. Nada que ver, por ejemplo, con trabalenguas como el contrato de Neymar con el Barcelona. Todo se hacía sin abogados, pisando deliberadamente el charco. Así ocurrió con la incorporación de Ballerín.

“Lo vimos por primera vez cuando vino con el Briones. Hizo un partidazo soberbio y lo quisimos fichar, pero su equipo no estaba dispuesto a concederle la carta de libertad. Ballerín se queda en el Briones, nos decían; si a ustedes les parece bueno, a nosotros también. Cuando nos tocó devolver su visita, recibimos un escrito más o menos en estos términos: Por la presente les comunicamos que la hora del partido será… Era una carta con membrete, fecha y firma. Pero sobre todo, quedaba bastante espacio libre en el renglón donde se indicaba la hora del choque. Así que nos hicimos con un borra-tintas “Ebro”, comercializado en las papelerías. Eran dos frasquitos, uno conteniendo líquido rojo y otro blanco, o incoloro. Se esparcía el rojo sobre el texto con un pincelillo, y luego el blanco. Al momento, la reacción química hacía desaparecer lo escrito. Pues bien, nosotros borramos la hora y a continuación del comunicamos a ustedes escribimos:… que Juan Ballerín Sánchez dispone de libertad para fichar con ustedes. Por supuesto, hubo lío. La directiva del Briones llevó el asunto a la Federación, pero el muchacho jugó toda la temporada en nuestro equipo”.

Probar la verdad no siempre es tarea fácil. Y en este tipo de asuntos, donde las Territoriales tenían pocas ganas de mojarse, con frecuencia acababan accediendo a la voluntad del futbolista.

Conflictos de esta índole, sin embargo, marcan. Cuando una misma entidad se ve envuelta en litigios con alguna frecuencia, invariablemente acaba pagando. En Valverde, aunque algo tarde, también lo comprendieron.

Hoy pocos medios dirigen su atención al fútbol modesto, si no es haciéndose eco de algún incidente serio.

Hoy pocos medios dirigen su atención al fútbol modesto, si no es haciéndose eco de algún incidente serio.

“Menuda injusticia. Durante una liguilla de ascenso habíamos eliminado al Carmona. Ellos nos denunciaron por alineación indebida, basándose en que Torres, cedido por el Recreativo, jugó el segundo partido. Cuando desde la Federación anularon los dos enfrentamientos, acudimos a José Mª García, cuyo programa era rey absoluto del deporte en las ondas. Braulio y Calixto salieron para Madrid con jamones, José María los recibió, les hizo una entrevista y tanto Cisneros como su pasante, culpables de todo el lío, quedaron retratados. Pero la cosa no acabó ahí. Como continuasen sin darnos la razón, volvieron a Madrid, aunque para no salir por las ondas. García, al parecer, tenía el programa radiofónico cubierto”.

José Doblado, “El Barri”, con la Olímpica celebrando un ascenso, decidió que ese era buen momento para dejarlo. Quedaban atrás muchos avatares, y por delante no pocos sobresaltos, como el que dejara al club sin competir desde julio de 1971 hasta agosto del 73, por sanción federativa, siendo el Atlético Valverdeño quien cubriera su baja. Entre los recuerdos amables, situaba en primer lugar a sus muchos amigos desperdigados por media Andalucía. Amigos unidos por la común devoción al fútbol. Entre lo que preferiría olvidar, aun sabiéndolo imposible, dos sucesos que ensombrecieron a toda la comarca. El 13 de octubre de 1945, al disputar un balón de cabeza, falleció Conrado Fiscal Almeida. Sus propios compañeros le habían advertido alguna vez sobre el peligro de dar al balón como hacía, girando en el aire para recibir la pelota. Esa tarde saltó con un jugador del San Juan, chocaron y él recibió aquel impacto en plena sien. Era muy popular, no sólo como jugador de fútbol, sino porque además tocaba en la banda de música.

El otro hecho luctuoso tuvo lugar en Beas, localidad rival donde a menudo saltaban chispas. “Arbitró precisamente el citado Martín Feria, que nada más verme dijo: a mí no me hables para nada. Se jugaba una copa y había cierto ambiente raro. Como en el campo no encontramos agua, salí a por un cántaro, que me cedieron sin problemas. Regresaba con él lleno cuando un tipo me lo rompió con un palo. Durante el partido nos expulsaron a varios jugadores. Cosas de Martín Feria. Subimos al camión y nada más llegar a Valverde supimos que habían matado a Gutiérrez. Según parece, un guardia creyó que Gutiérrez iba a por él, y le disparó. Por Beas pasaban muchas cosas en esa época. Tenían de alcalde a un famoso camisa vieja y en otra ocasión los guardias propinaron una paliza tremenda a cierto seguidor. Dejamos de ir, hasta que dos años más tarde la competición nos obligó. Entonces ganamos de penalti”.

El fútbol modesto, incluso el muy modesto, existe gracias a hombres como “El Barri”, Salvador Doblado, Juanito “Sanfernando”, José Sánchez Borrero, recopilador de crónicas, anales y calendas, Calixto y Braulio, que viajaron hasta Madrid con jamones para exponer su verdad, y a cientos, miles de entusiastas anónimos, con los colores de su equipo, de su pueblo, comarca o barrio, tatuados en el alma. Sin ellos no sería posible el fútbol grande, el de los focos, cámaras y millones, el de los coches de lujo y la feligresía dispuesta a todo por un “selfi” junto al ídolo. Porque gran parte de los eméritos de Primera, y hasta una buena porción de estrellas, dieron sus primeros pasos tras el cuero en clubes pequeños, muy pequeños. Entidades de las que un día volaron, como infantiles, cadetes o juveniles, para vestir camisetas con más prestigio y de paso engrandecer a intermediarios con licencia al día, ojeadores, o representantes con el punto de mira puesto en el ciento por uno.

El fútbol modesto, por suerte, aún palpita.

A pesar de los pesares.

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Fuente : http://www.cihefe.es/cuadernosdefutbol/2016/06/peripecias-de-un-modesto/

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